Una mentira, por muchas veces que se cuente, no puede nunca llegar a ser verdad (I)

 Una mentira, por muchas veces que se cuente, no puede nunca llegar a ser verdad (I)

Me lo decía mi abuelo. Una mentira, por muchas veces que la cuentes, siempre será mentira. Y la sabiduría que a mi abuelo le otorgaban los años sigue igual de vigente que cuando me dijo esa frase, hace ahora más de 35 años.

Por eso, cuando uno se enfrenta a 30 años de reconstrucción de la verdad, la actualidad y la Historia que llevan a cabo los separatistas catalanes, lo único que se me mueve son las tripas hasta el vómito.

Y es que la mala fortuna, mezclada con la incompetencia humana de toda una generación de políticos, conniventes con la ilegalidad y la mala fe de un grupo de recaderos de la alta burguesía catalana de los 70 y 80, me ha convertido en testigo de un proceso a veces mudo, a veces vociferante y siempre injusto.

El discurso separatista catalán se tomó en serio el «Ja soc aquí» de Josep Tarradellas cuando Suárez se encargó de que pudiera volver del exilio con plenas garantías, y retomó lo que dejara el ajusticiado Companys en tiempos de la República -ojo con correr el cronómetro más allá del 36, que es trampa-. Justo en el mismo punto.

Un empuje catalanista que nació a finales del sigo XIX en el seno de una aristocracia fanática y fantasiosa, que tomó conciencia de que a base de talonario, se podía rectificar la Historia para construir otra alternativa más acorde a un sueño quimérico -entonces ciertamente lo era- y que consistía de captar para la causa nacionalista todo aquello que fuera sumando argumentos donde no los había.

Manipulando la Historia

Para ello no se vaciló a la hora de retorcer, tergiversar y hasta manipular -cuando no destruir- documentos históricos que desdijeran la pseudo verdad catalanista. El ‘Llibre del Repartiment’ cayó víctima de un tal Próspero de Bofarull y Mascaró para convertir la llegada de familias catalanas al Reino de Valencia con las hordas del rey Don Jaime de Aragón en toda una repoblación. Sí, sí, del Reino de Aragón y no esa inexistente corona catalano-aragonesa de cuya existencia no se tuvo constancia en ningún documento, legajo, incunable ni trapo sucio hasta que estos señores lo colocaron en los libros de texto.

Pues bien, la manipulación del ‘Llibre del Repartiment’ del Rey Don Jaime llevó a convertir a un contingente que pudo suponer, en el mejor de los casos, un 5% de la población del Reino de Valencia, en toda una repoblación de magnitudes bíblicas -ríase usted del Éxodo dirigido por aquel tal Moisés que, como a poco que se descuide el vaticano, también acabará resultando que era catalán-.

La otra estupidez que sigue siendo una piedra de molino demasiado pesada y voluminosa como para que nos la podamos tragar, es la teoría, según la versión de ciencia ficción del relato histórico del Reino de Valencia, de que los valencianos simplemente estuvimos 200 años sin hablar. En ninguna lengua. Mudos hasta que llegó Don Jaime I y sus compañeros de aventura y nos enseñó a hablar en catalán. Ésta es la barbaridad que más claramente deja en evidencia este relato alternativo del nacionalismo barceloní.

Claro que tal barbaridad histórica sólo se puede sostener si se secuestra toda evidencia en contra. Por ello no es de extrañar que, de forma absolutamente incomprensible, el señor Pujol se llevara a Cataluña toneladas de documentación de la Comunidad Valenciana del museo de la Guerra Civil en Salamanca, los famosos ‘papeles de Salamanca’… Y en Cataluña siguen. Como allí siguen el ‘Llibre del Repartiment’ y un sinfín de documentos y evidencias de cuya naturaleza y contenido a veces, poco o nada se sabe. «Tot siga per la causa».

Hay barbaridades de este tipo en toda suerte de disciplinas del saber y hasta del deporte, como la misteriosa desaparición, de la biblioteca del Monasterio de Montserrat, del famoso incunable del segorbino Francesch Vicent, el “Llibre dels jochs partits dels schachs en nombre de 100” (año 1475), que demostraba el origen valenciano del ajedrez moderno. Una revolución en el ajedrez introducido en nuestro país por los musulmanes, que consistió en introducir la figura de la Reina -entonces llamada Dama-, dicen que en homenaje a la reina Isabel la Católica.

Un valenciano llamado José Antonio Garzón descubrió, tras 20 años de investigación, este importante hito en la historia del Reino de Valencia. Lógicamente, el oficialismo catalanista obra de dos maneras con este hecho: silenciarlo o, en caso de no conseguir ese silencio, rizar el rizo hasta constatar que «como Valencia era catalana ya entonces, el descubrimiento es catalán».

Este método succionador de méritos ajenos es uno de los más extendidos en la voracidad catalana. Es así como próceres de las letras, las artes y hasta la historia valencianas como Joanot Martorell, Lluís Vives o Luis de Santángel -aquel judío converso valenciano que financió el descubrimiento de América-, han acabado siendo considerados catalanes.

(Continuará)

javierfurio

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